
De Omar Flores Sarabia
El globo moribundo se resistía al paso del tiempo.
Los primeros días habían sido demasiado fáciles.
En un inicio el todo era la altura, el balanceo, el regalo.
No pasó demasiado para cuando quedó poco helio en su redondo cuerpo.
El globo moribundo se balanceaba gracias al aire del ventilador.
El globo chocaba, intentaba levantarse, pero no lo lograba.
Como todo, como tanto, como esto.
En la ventana se mostraron las nubes rosadas.
En la ventana vi cómo la tarde lentamente se moría.
En ese halo de luz vi cómo algo dentro, de colores, también se achicaba.
El globo se mecía lentamente en la habitación.
Fue cuando hubo que recoger los papeles olvidados.
Fue cuando hubo que deshacerse del vaso de cristal ahumado.
En la ventana se veían las doradas casas.
Ese pedacillo de sensaciones y colores se redujo a un instante de suspiro.
El globo definitivamente estaba a punto de morir, qué más le quedaba.
Cerré la bolsa de basura y ese montón de imágenes explotaron.
Cerré la bolsa de basura, lo sabía, lo esperaba.
Hacía calor y ese circulillo de colores se me escapó del cuerpo sin tener cuidado, sin anuncios.
Me quedé vacío por un instante, algo dentro se había acabado.
Hizo calor, yo era otro, así que abrí la ventana, vi que el día se había terminado.
Fue entonces, cuando sin mayor aviso, al globo moribundo se lo llevó el aire, y flotó, volaba; era verdad, el tiempo se lo había llevado.

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